“EL ROL DE LOS ARQUITECTOS ESTÁ SIENDO ALTERADO POR NUEVAS MANERAS DE HACER CIUDAD”
  

EL ARQUITECTO CORDOBÉS ESTEBAN BONDONE SUPO COMBINAR EL DESARROLLO DE PROYECTOS PÚBLICOS Y PRIVADOS CON UNA VASTA TRAYECTORIA ACADÉMICA. SU PARTICIPACIÓN EN CONCURSOS LE VALIÓ GRANDES PREMIOS. INFLUENCIADO POR EL MODERNISMO INTERNACIONAL Y LOCAL, SE CONSIDERA UN PROFESIONAL CON FORMACIÓN AMBIGUA, PREOCUPADO POR EL LUGAR QUE TIENEN HOY LAS NUEVAS GENERACIONES EN EL DESARROLLO URBANO.

Texto: Paola Papaleo  |  Fotos: Gonzalo Maestu y gentileza del entrevistado

Son muchas las razones que llevaron a Esteban Bondone, hace ya casi 30 años, a dedicar su vida laboral a la arquitectura: “Mi gusto por dibujar, construir mis propios juguetes, la cercanía al arte, los avances en la construcción de casas modernas, la admiración a un arquitecto local, Juan Cane”, enumera al tiempo que recuerda un motivo en particular que lo impactó: la construcción de la casa paterna. “Extendía ciertos rasgos de una modernidad de los años 60 que eran inéditos para el momento. El estado de fascinación que me produjo ver esa casa construida bajo un modelo moderno americano típicamente relacionado con la arquitectura de Richard Neutra fue muy movilizador. Esa imagen de la casa moderna siempre me cautivó y sirvió como un enorme espacio de juegos, de aventuras por el tipo de arquitectura particular: columnas de hierro, grandes ventanales transparentes corredizos, puertas que se escondían detrás de un mueble”.

Sin embargo, su pasión por la arquitectura se fue despertando, como él mismo dice, “en el transcurso de la carrera”, cuando comenzó a leer diferentes autores y a hacer las prácticas en distintos proyectos. En esa época inició también su trayectoria académica, primero como alumno ayudante de cátedra en la facultad de Arquitectura de la Universidad Católica de Córdoba, más adelante como decano de esa institución, y también como profesor fundacional de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Di Tella. En ocasiones dictó clases como profesor invitado en Ferrara (Italia) y Santiago de Chile.

Nacido en la ciudad de Bell Ville, se mudó a Córdoba capital a los 18 años para estudiar Arquitectura en la Universidad Católica de Córdoba y, excepto por los tres años que residió en Italia para hacer su tesis de grado en el Politécnico de Milán, siempre vivió en la Docta.

 

¿Cómo fue la experiencia en el Politécnico de Milán?

 

El viaje estuvo directamente relacionado con la visita de Franca Helg a nuestra facultad para dictar un seminario sobre arquitectura moderna y patrimonio. Así fue como, en el último año de la carrera, decidimos viajar junto a otros tres alumnos. La experiencia fue extraordinaria. Por un lado, la permanencia en un país europeo entre los años ‘84 y ‘87, que surgió como un descubrimiento de una realidad totalmente distinta de la nacional y la cordobesa. Era nuestra primera salida al mundo y eso creo que fue más enriquecedor que la experiencia académica, aunque iban unidas.

Desde el inicio, ese viaje los puso a prueba. “La beca solo incluía los pasajes ida y vuelta por Aerolíneas Argentinas, pero no la estadía”, relata el arquitecto y cuenta que para vivir tuvieron que buscar un medio de sustento y “fue una herramienta que habíamos adquirido desde muy temprano en la facultad: el dibujo a mano, libre, croquis. Con unas habilidades muy desarrolladas por los cuatro, eso nos valió el ingreso a estudios importantes como el de Franca Helg, Giancarlo De Carlo o Matteo Ferrari en Milán, en donde si bien nuestro rol era secundario, teníamos acceso a conversaciones y encuentros con personajes que para nosotros eran muy importantes. Recuerdo una hermosa anécdota en el estudio de Vittorio Gregotti donde le contábamos de Argentina y él estaba muy cautivado por nuestro país y por las circunstancias que se estaban viviendo en relación con la democracia al final de la conversación pidió una caja, la llenó de libros de arquitectura y nos la regaló. Ese tipo de episodios sucedieron con mucha frecuencia. Son instantes luminosos de un viaje que uno nunca va a olvidar”.

Al regresar al país, y luego de recibirse de arquitecto en 1988, Bondone fundó un estudio en el que trabajó por 20 años junto a otros colegas: Alfredo Bertelli, Gabriel Gotusso y los hermanos Marcelo, Gustavo y Enrique Ompré, formándose BBGOOO por las iniciales de cada apellido. Por lo “impronunciable de esa sigla, yo había propuesto B2/G1/O3 arquitectura, pero no lo admitieron”, aclara entre risas. Luego de esa experiencia, decidió continuar su carrera de manera independiente, montando el estudio en su casa y trabajando con un grupo de colaboradores mayoritariamente jóvenes, ejerciendo hasta el día de hoy su profesión en desarrollos urbanos, parques, edificios institucionales y deportivos, entre otros.

 

¿Te considerás modernista?

 

Modernista no es la definición que más me representa, sino más bien soy un arquitecto con formación ambigua, porque tuve un primer período de cinco años bajo el momento más virulento de la posmodernidad argentina y un cambio de dirección abrupta que se dio a nuestro regreso de Italia, producto de una mirada moderna italiana. A su vez, el aprecio de la arquitectura local, realizada de la mano del ya célebre arquitecto José Ignacio “Togo” Díaz, me hizo comprender una modernidad local posible, que podía ser desarrollada y en ese sentido uno podría decir que ejercemos cierta neo-modernidad local.

 

¿Cuál considerás que es tu estilo?

 

No creo en ninguna suerte de estilo porque la categoría “estilo” habla de un determinado tipo de arquitectura clasificada. Lo que hice siempre, ya sea con mi estudio o en forma independiente, no tiene estilo sino una suerte de rasgo expresivo muy ligado a cierta arquitectura racional en su desarrollo de organización y muy expresiva en relación con la materialidad. No es exclusiva de un material en particular porque no creo en la igualdad de los materiales para todas las obras o circunstancias, prefiero elegir la materialidad en función del lugar o situación de cada obra en particular. En función de eso, seguramente, mirando determinados tipos de obras realizadas se podrán advertir ciertos rasgos de continuidad y otros, producto de la pertenencia al lugar de inserción.

EN EL CAMINO

 

¿Cómo fue cambiando tu mirada y tu forma de trabajar en arquitectura?

 

Hubo períodos en los cuales la mirada estaba puesta más en lo tecnológico y local, siguiendo ejemplos muy evidentes que resultaban una guía para nuestras obras. Luego fuimos encontrando una expresión personal del estudio, que integrábamos seis arquitectos y era multidisciplinario.

En lo personal me dediqué particularmente al desarrollo de concursos, algunos encargos, siempre de la mano del ejercicio académico. Esa relación entre academia y profesión me llevó a un cambio en la mirada, porque la academia exige el estudio y la actualización constante, mientras que la profesión en exclusividad te sumerge en el oficio. Esa dualidad –la profesión junto a la academia– da por resultado una suerte de obligación de estudio y actualización permanente en lo que uno va haciendo. En consecuencia, las obras van cambiando en función de la profundidad del estudio y las miradas que uno va teniendo sobre el mundo y las nuevas tendencias.

 

¿Por qué te gusta participar en concursos?

 

Los concursos son ese tipo de instancias donde uno coteja frente a los pares sus ideas respecto de otras posiciones y, si bien no deja de ser una competencia, es una puesta en discusión de lo que uno piensa respecto de otros. En este sentido, la obtención del primer premio del Concurso Nacional de Ideas Parque de las Naciones San Luis/Colegio de Arquitectos de San Luis y FADEA en 1992, conjuntamente con el arquitecto Ian Dutari, fue el gran premio que nos lanzó a una suerte de carrera a nivel nacional y con cierta seguridad respecto de lo que hacíamos.

 

¿Qué momentos marcaron tu carrera?

 

Hay varios. Uno de los primeros es haber ganado el primer premio del concurso para la Bienal Internacional de Buenos Aires, con el stand itinerante de la empresa OSRAM Argentina. Fue el primer espaldarazo a una manera de hacer y pensar. El segundo ícono puede ser la obtención del primer premio del Concurso Nacional de Ideas para la Plaza Lisandro de la Torre en el marco del Congreso de la Construcción del Pensamiento en Rosario a principios de los años 90. Ese proyecto lo realizamos junto con tres estudiantes (Adrián Manavella, Francisco Sapolski y Franco Ghilardi) y, en mi caso, participé como profesor acompañante. El jurado lo integraba el arquitecto español Enric Miralles. Ese premio también fue un impulso muy importante en mi carrera.

 

¿Qué obras resaltás como hitos?

 

Las obras hitos son aquellas que más impacto y difusión tuvieron, pero quizás mi casa es un hito personal, un logro (premio Clarín Casa del año, ver recuadro). Otras obras que me impulsaron a seguir son: el Parque de las Naciones; las Escuelas Pías (Obra del Año 2000 Colegio de Arquitectos de Córdoba); Casa Valeria en Mendiolaza (Colón, provincia de Córdoba), que es una casa en la montaña con la piedra como fuerte impronta material; la obra del Estadio Provincial de San Luis en 2005; la Biblioteca Central de la Universidad Católica de Córdoba (junto a Togo Díaz); y, últimamente, el puente La Pedrera en San Luis (por su tema y forma de trabajo con grandes ingenieros) y el estadio en el mismo predio. Especialmente, valoro el conjunto Procrear San Luis (Primer Premio BIAAR 2018) y, hoy, un proyecto que recientemente terminé de construir: una simple casa que nadie vio pero que a mí me gusta mucho.

 

¿Quiénes te inspiraron e inspiran en tu profesión?

 

Claramente, nuestra directora de tesis, Franca Helg, con un rasgo moderno, típico de los italianos, que es distinto del centroeuropeo. Los modernos italianos de posguerra hicieron una suerte de modernidad local, plena de relaciones con el acervo cultural, histórico, patrimonial y con la reconstrucción de un país devastado por la guerra. La influencia de Franca Helg fue maravillosa, dado que con sus enseñanzas nos despojó de todo manierismo típico de la formación preliminar en Argentina, formación que estaba imbuida del sentido posmoderno, bastante ligero, con poca profundidad y mucha superficialidad. Estar con ella significó para nosotros el desarrollo de un pensamiento crítico, especialmente de ese período, y una recuperación de la modernidad como momento histórico culminante de la arquitectura.

Otras influencias más locales residen en los modernos argentinos Mario Roberto Álvarez y su equipo, el uruguayo Rafael Viñoly o algunas obras maravillosas que había hecho en Córdoba el grupo SEPRA, como el Banco de Interiores de Buenos Aires, el Hospital Privado o la Municipalidad de nuestra ciudad. Pero, personalmente, considero que la figura de José Ignacio Díaz fue una de las influencias más grandes que tuve, no por la cercanía formal, estética o expresiva, sino por su reflexión urbana, su posición ante la ciudad y la arquitectura, el reconocimiento del oficio, el aprecio por la construcción en ladrillo. Por último, conceptualmente y más ligadas a la línea de pensamiento, hay dos personas que para mí son emblemáticas, no solo en Córdoba sino en Argentina: Marina Waisman y César Naselli.

 

DESDE EL AULA

 

Actualmente, Bondone continúa su vida académica como titular de Cátedra de la materia de primer año Introducción al Proyecto 1, de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica de Córdoba, y dicta el curso de nivelación previo al inicio de la carrera. También brinda múltiples charlas en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Córdoba y conferencias en otras Facultades y Colegios de Arquitectos de todo el país.

 

¿Qué te genera transmitir tus conocimientos a las nuevas generaciones?

 

Es muy interesante trabajar con jóvenes y advertir cómo uno se va distanciando generacionalmente (ríe). En los primeros tiempos había unos diez años de diferencia y visiones compartidas relacionadas con circunstancias de la cultura de la época, como el arte, la música, el cine; y a medida que transcurre el tiempo uno va separándose y tiene que ir obteniendo los medios para acercarse y no perder el vínculo con los estudiantes.

 

¿Qué es lo más complicado?

 

La dificultad más grande que se da hoy es la relación con la tecnología. La paradoja es que, según mi visión, los jóvenes se fascinan por lo analógico más que por lo virtual, entonces encuentro una posibilidad de acercamiento en la enseñanza del oficio a través de la construcción, la manipulación de materiales, el contacto con ciertas técnicas constructivas como la arcilla.

 

¿Cómo ves el rol de los arquitectos más jóvenes?

 

Es evidente que existe un avance desmesurado de organizaciones que suplen al arquitecto. Creo que el desarrollo urbano ya no está en manos de los arquitectos sino de operadores inmobiliarios, corporaciones de la construcción, desarrolladores, cámaras, etc. El rol que veníamos llevando los arquitectos hasta los años 90, que era la organización de la ciudad a través de los departamentos públicos, las universidades, institutos de investigación, se ha visto absolutamente alterado por esta serie de nuevas maneras de hacer ciudad. De todos modos, entiendo que hay jóvenes arquitectos que están viendo críticamente ese aspecto y reaccionando de manera positiva. Veo generaciones que hoy tienen entre 35 y 45 años que están imbuidas en la problemática urbana y van a dar respuestas eficientes para lograr un reposicionamiento de la profesión en la sociedad como servicio.

 

EL COMPROMISO DE HACER… BIEN

 

¿Qué debe tener un proyecto para que decidas llevarlo a cabo?

 

Aspectos que no violen ciertas ideas o presupuestos sobre la arquitectura que he alimentado por años. Primero, el absurdo: la arquitectura es propensa al desarrollo de proyectos con una cuota de absurdo que puede resultar exactamente en contra de mis principios y los de muchos. Por otro lado, las escalas: la obra pública normalmente se concursa y generalmente elijo participar por afinidad y proximidad. Soy más propenso a elegir arquitectura de baja complejidad, aunque he hecho algunas obras más complejas como la reconversión de la unidad número 9 (U9) de la cárcel de la ciudad de Neuquén en un centro cultural, en donde me interesó particularmente el tema de la reconversión de un centro clandestino de la dictadura en un ámbito de la libertad. Es la última propuesta que realicé y obtuvo el segundo premio del Concurso Nacional de Anteproyectos para la Reconversión de la U9. El comitente también es un factor decisivo al momento de hacer o no una obra.

 

¿Hay conceptos que van cambiando con el tiempo?

 

La obra pública, como las hechas en San Luis, en el sur de Argentina o en las plazas de Rosario, es motivo para la reflexión sobre los distintos aspectos que se van privilegiando a través de los tiempos. En el Parque de las Naciones de San Luis, en 1990, la preocupación era la ecología; después empezaron a surgir otros aspectos, como la arquitectura pública en relación con la violencia urbana (cómo mantenerlo sin que se destruya en el corto plazo). Hoy uno de los aspectos fundamentales es el medio ambiente, con una arquitectura que reduzca la emisión de gases y la polución ambiental, y que no introduzca materiales que dañen el ambiente, como madera en extinción o determinado tipo de soluciones que puedan traer problemas a terceros (drenajes de agua, por ejemplo).

 

¿Cuáles son los pro y los contras de la arquitectura pública?

 

Genera circunstancias nuevas en relación con las personas, los funcionarios, el poder, la política, dado que no siempre uno está en correspondencia con quien trabaja (lo mismo pasa en el ámbito privado). Pienso que las obras van a transcender un gobierno en particular, y eso alivia al proyectista en el sentido de que lo que va a quedar, independientemente del uso político que le den en el momento de su inauguración, después será siempre parte del patrimonio público. La arquitectura pública tiene un carácter político ineludible, todas las obras tienen un sentido propagandístico por parte de quien las lleva a cabo, del cual uno no tiene dominio. Por eso hay que tener el temple y la habilidad suficiente para no caer en la tentación de sumarse y poder sustraerse al ejercicio de la profesión con la mejor calidad y honestidad posible.

 

¿En qué estás trabajando hoy?

 

En este momento estoy dirigiendo un Instituto creado ad hoc que se llama Instituto de Arquitectura y Sujetos de Emergencia, con un fuerte compromiso con la arquitectura y el ambiente. Se conoce como Pr0y3ct0 F4br1c4 y es muy valorado por la comunidad por sus acciones solidarias en relación con el sostenimiento de personas que están en situación de emergencia, o bien comunidades que han sufrido algún embate vinculado con el medio ambiente, como una inundación, incendios, etc.

A pocos meses de cumplir tres décadas de profesión, la pasión por la arquitectura, tanto en su forma práctica como teórica, sigue estando tan presente en las palabras y acciones de Esteban Bondone como en aquellos primeros años de estudio.

UNA CASA, UN ÁRBOL

Y UN ARQUITECTO

Se supone que todo objetivo de un arquitecto es encontrar soluciones a problemas urbanísticos y de infraestructura. Y así lo hizo Esteban Bondone con su propia casa. “La historia se resume en pocas palabras: ¡una locura!”, admite. Tenía dos problemas por resolver: una casa mal construida y un emblemático árbol ubicado en medio del terreno. Fue así como decidió tirar abajo la primera y conservar el segundo. “La presencia de un gran árbol a mitad del terreno fue el centro de la idea para la nueva casa que lo rodea y se aventana como imagen permanente desde todos los sitios que habitamos... ¡es el rey de la casa!”, exclama orgulloso y explica que la idea del diseño fue “tener como centro un patio, el del árbol, y abrir a las mejores orientaciones (norte) los ámbitos de dormir, mientras que el sur se cierra bastante. Un eje domina la organización y hacia un lado y el otro se van acomodando los usos o funciones según sean sobre medianera este (servicios) u oeste las funciones sociales. Está organizada en dos plantas: planta baja social, planta alta más familiar, doméstica y privada. Su construcción estaba pensada en ocho meses; sin embargo, “demandó tres años y el doble de costo, ¡típicamente de arquitecto!”, reconoce Bondone. Aunque el esfuerzo valió la pena, porque no solo conservaron el árbol sino que también disfrutan de este moderno hogar familiar.